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“Toño Alemán”, el legendario destazador de cerdos de Masatepe que ahora vive de recolectar plásticos 

ntonio Velázquez, el anciano que recorre casi 10 kilómetros en busca de botellas plásticas, para seguir manteniendo su hogar.

Antonio Velázquez de 80 años, es un humilde masatepino que ha tenido varios oficios: desde destazador de cerdo, hasta recolector de  botellas plásticas, trabajo que realiza ahora en su vejez para venderlas y así poder llevar el pan de cada día a su hogar.

En la sala de la sencilla vivienda de Antonio Velázquez de 80 años, solo queda un pequeño espacio para avanzar al  patio, donde queda el fogón hecho con un viejo barril  cubierto de tierra y tres piedras en que atiza la leña todas las mañanas su anciana esposa Sara Alemán, quien prepara el café, antes que salga a trabajar con su rústico carretón de madera en busca de botellas plásticas a orillas de la carretera.

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El material reciclable que recoge cada día, los amontona en todos los espacios de su hogar, incluso en su cama, por lo que  por las noches, tiene que bajar los sacos con las botellas plásticas para poder conciliar el sueño, luego de una larga jornada, bajo el inclemente sol y la lluvia que golpea su débil  cuerpo marcado por las arrugas que reflejan el paso del tiempo. Sin embargo, su fe y esperanza en cada día es de hierro.    

Este anciano que camina lento bajo un cuerpo encorvado, vive en las periferias del pueblo de Masatepe, en el barrio Hojalata. Cuando era un adolescente, salía a  acompañar  a su papá Tomás Velázquez, a destazar los cerdos que le encargaban  las reconocidas carniceras del pueblo. 

Un hombre sensible 

Antes se asustaba de escuchar los sufrimientos de los animales y ver luego correr la sangre, pero con el paso del tiempo, perdió el miedo, pero no la sensibilidad. Cree que Dios hizo a los cerdos para alimentar a los hombres, y confía que su trabajo no violenta ningún precepto divino.  

Cuando unió su vida con doña Sara, siguió el camino de su padre, comprando  unos delgados y afilados cuchillos, para ser uno de los  destazadores del pueblo. Los fines de semana obtenía su mayor demanda, porque muchas familias vendían  nacatamales, chicharrones y fritos.

En la  década de 1940, las calles de este pueblo entonces cubiertas de  tierra fueron testigo del nacimiento del laureado escritor Sergio Ramírez Mercado. En esa época, como matarife, don Antonio apenas recibía un pago de cinco córdobas, dinero que solo alcanzaba para alimentar a sus tres hijos que procreó y con los que vivía con su esposa en la casa de madera y techo de teja que le heredaron sus padres.

A pesar del duro trabajo que realizaba, la pobreza siempre reinó en su hogar. A sus tres hijos, no pudo darles una educación adecuada y todos tuvieron como única opción de subsistencia, las labores del campo. 

Su esposa Sara Alemán, requiere de atención médica al padecer de problemas mentales esporádicos propios de su vejez.  

El único cambio que alcanzó en su vivienda, fue sustituir el techo de tejas por unas láminas de zinc que recibió de la alcaldía hace unos años y con sacrificio compró cien piedras canteras, para quitar las antiguas tablas de madera que servían de paredes. El patio de su vivienda se redujo, porque se vio obligado a vender espacios de  terrenos a sus vecinos, para poder costear los gastos de los funerales de sus padres, contó don “Toño Alemán” a como muchos masatepinos le conocen 

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Dejó el destace por la recolección

A pesar de los obstáculos que se presentaron en su vida, nunca dejó de luchar con el  trabajo que heredó de su progenitor, pero en el año 2018, a sus 75 años sintió, que ya  no tenía las fuerzas para atar al cerdo y luego subirlo a una mesa, para raspar su pelaje, en seguida guindarlo de una solera y destazarlo.    

“Ya no tenía los vigores de la juventud, y las personas vieron la dificultad que tenía para trabajar.  Con el tiempo ya no me buscaron más, pero yo no tengo una pensión para subsistir y descansar, tengo que seguir luchando, porque mi esposa necesita de mi ayuda”, relata este anciano combativo. 

El segundo trabajo de su vida decidió emprenderlo al no tener más opción que tomar su carretón y  unos sacos, para ir a recolectar botellas plásticas al tramo de carretera, que viene desde Las Esquina en Carazo, hasta el empalme de Catarina, donde cada día traza una ruta, para poder completar el trayecto en una semana. 

En una jornada de trabajo camina más de diez kilómetros en busca de las botellas que lanzan en su mayoría las personas que circulan en vehículo a pie o en bicicletas.  

Los envases plásticos los acopia en su casa, para venderlos al conductor de un camión que llega cada quince días a pagarle  un precio de cuatrocientos córdobas por quintal.  En una buena venta, logra vender hasta mil 400 córdobas, dinero que lo utiliza para la compra de alimentos. 

En su juventud, fue un reconocido destazador de cerdos del pueblo de Masatepe, trabajo que dejó al agotar sus fuerzas físicas.

“Mis hijos no pueden ayudarme económicamente con mis gastos,  porque ellos igual tienen necesidades en su hogar, pero yo seguiré luchando en esta vida hasta donde Dios me de las fuerzas físicas”, relata don Antonio Velázquez, un hombre consciente de que realiza  un trabajo a favor del medio ambiente también,  pues evita que los contaminantes plásticos  lleguen a parar a las fuentes de agua. 

Los domingos, es el único día que toma de descanso, pero a veces, agarra su hacha para rajar leña, porque tiene el pensamiento que “el hombre debe trabajar todo el tiempo para no caer en vicios o malas ideas”. 

Requiere ayuda médica para “su Sara”

La única compañía que tiene Antonio Velásquez  es su esposa, pero desde hace años no puede sostener una conversación amena con ella, porque presenta  afectaciones psicológicas. Él cree que se trata de una debilidad en su cerebro por falta  de vitaminas y una adecuada alimentación.

“Yo solo  pido que alguna institución o persona de buen corazón  le ayude a mi Sara a recibir asistencia médica. Ella no es agresiva, por el contrario es risueña y sigue ayudando a las labores de la casa”, mencionó don “Toño Alemán” que desea contarles sus penas y alegrías de su dura vida. 

En su vivienda, el uso de la tecnología se limita a un radio, donde escucha música y noticias. Para apoyar a estos ancianitos, usted tiene que visitarlos de manera directa en su casa en el reconocido barrio Hojalata.